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Essay attributed to Étienne de La Boétie, first published in 1576 (Spanish translation by Freedom Circle)

DISCURSO
SOBRE LA
SERVIDUMBRE VOLUNTARIA


De tener varios amos, ningún bien ahí veo,
  Que uno, sin más, sea el amo, y que uno solo sea el rey,

eso dijo Ulises en Homero1, hablando en público. Si no hubiera dicho nada más, si no

De tener varios amos, ningún bien ahí veo,

eso estaba tan bien dicho como nada más; pero, en cambio, para razonar con él, habría que decir que la dominación de varios no podía ser buena, ya que el poder de uno solo, desde que toma ese título de amo, es duro e irrazonable, fue a añadir, todo al revés,

Que uno, sin más, sea el amo, y que uno solo sea el rey.

Haría falta, por ventura, de disculpar a Ulises, al quien, posiblemente, le era necesario usar este lenguaje para apaciguar la rebelión del ejército; conformando, creo, su argumento más al tiempo que a la verdad. Pero, hablando juiciosamente, es una desdicha extrema de ser súbdito de un amo, del cual uno nunca puede estar seguro de que sea bueno, ya que siempre está en su poder de ser malo cuando quiera; y tener varios amos es, de tantos cuanto uno tenga, tantas veces de ser extremadamente desdichado. Si no quiero, a esta hora, debatir esta cuestión tan discurrida, de si las otras formas de república son mejores que la monarquía, aún me gustaría saber, antes de poner en duda el rango qué debe tener la monarquía entre las repúblicas, si debe tener alguno, por que es difícil creer que haya algo público en este gobierno, donde todo está en uno. Pero esta cuestión está reservada para otro momento, y demandaría su tratado por separado, o más bien traería consigo todas las disputas políticas.

En este caso, quisiera apenas entender como puede ser que tantos hombres, tantas aldeas, tantas ciudades, tantas naciones aguantan a veces un tirano solo, que no tiene poder sino el que le dan; que no es capaz de perjudicarlos, sino mientras quieran aguantarlo; que no sabría hacerles ningún mal, sino en cuanto prefieran tolerarlo que contradecirlo. Gran cosa, sin duda, y sin embargo tan común que sea aún más doloroso y menos asombroso ver a un millón de hombres servir miserablemente, con el cuello bajo el yugo, no constreñidos por una fuerza mayor, pero de algún modo (parece) fascinados y encantados por el solo nombre de uno, del cual no deben ni temer el poder, ya que él está solo, ni amar las cualidades, ya que es hacia ellos inhumano y salvaje. La debilidad entre nosotros hombres es tal que a menudo hace falta que obedeciéramos a la fuerza, hay necesidad de contemporizar, no siempre podemos ser los más fuertes. Por tanto, si una nación es obligada por la fuerza de la guerra a servir a uno, como la ciudad de Atenas a los Treinta Tiranos2, no hay que asombrarse de que sirva, sino lamentarse del accidente; o más bien ni asombrarse ni lamentarse, sino conllevar el mal pacientemente y conservarse para el porvenir con mejor fortuna.

Nuestra naturaleza es tal, que los deberes comunes de la amistad prevalecen por una buena parte del curso de nuestra vida; es razonable amar la virtud, estimar los buenos hechos, reconocer el bien de donde uno lo haya recibido, y disminuir a menudo nuestra holgura para aumentar el honor y ventaja de aquel a quien uno ama y que lo merece. Así pues, si los habitantes de un país han encontrado algún gran personaje que les haya mostrado por prueba una gran previsión para cuidarlos, un gran coraje para defenderlos, una gran diligencia para gobernarlos; si, de ahí en adelante, se amansan para obedecerlo y confiarse tanto en él que le dan algunas ventajas, no sé si eso sería sagacidad, en tanto se lo saque de donde hacía bien, para avanzarlo en vez a donde podrá hacer mal; pero ciertamente si no podría fallar de tener bondad, no hay que temer ningún mal de aquel de quien uno solo ha recibido bien.

Pero, ¡Dios mío! ¿qué puede ser esto? ¿cómo diremos que se llama? ¿qué desdicha es esta? ¿qué vicio, o más bien qué desdichado vicio? Ver a un número infinito de personas no obedecer, sino servir; no ser gobernadas, sino tiranizadas; no teniendo ni bienes ni padres, ni mujeres ni niños, ni su propia vida que les pertenezca! sufrir los saqueos, las obscenidades, las crueldades, no de un ejército, no de un campamento bárbaro contra el cual habría que derramar su sangre y su vida por delante, sino de uno solo; no de un Hércules3 o un Sansón4, sino de un solo hombrecillo, y más a menudo el más pusilánime y afeminado de la nación; no acostumbrado a la pólvora de las batallas, sino también a duras penas en la arena de los torneos; ¡no quién pueda mandar por fuerza a hombres, mas totalmente incapaz de servir vilmente a la menor mujercilla! ¿Llamaremos a esto pusilanimidad? ¿diremos que aquellos que sirven son cobardes y medrosos? Si dos, si tres, si cuatro no se defienden de uno, esto es extraño, pero sin embargo posible; bien se podrá decir luego, con razón, que es por falta de corazón. Pero si cien, si mil aguantan a uno solo, ¿no se dirá que no quieren, no que no osan atacarlo, y que no es cobardía, sino más bien menosprecio o desdén? Si vemos, no cien, no mil hombres, sino cien países, mil ciudades, un millón de hombres, no asaltar a uno solo, del cual el mejor tratado de todos recibe este mal de ser siervo y esclavo, ¿cómo podremos nombrar esto? ¿es pusilanimidad? Ahora, en todos los vicios hay naturalmente algún mojón, más allá del cual no pueden pasar: dos pueden temer a uno, y es posible a diez; mas mil, mas un millón, mas mil ciudades, si no se defienden de uno, eso no es cobardía, no va tan lejos; como tampoco la valentía se extiende a que uno solo escale una fortaleza, que ataque un ejército, que conquiste un reino. Entonces, ¿qué monstruo de vicio es este que no merece aún el título de cobardía, que no se encuentra un nombre lo suficientemente vil, que la naturaleza niega haber hecho y la lengua se rehusa a nombrar?

Que se pongan de un lado cincuenta mil hombres en armas, y tantos del otro; que se formen para batalla; que vengan a juntarse, unos libres, combatiendo por su franqueza5, otros para quitársela: ¿a quienes se le prometerá por conjetura la victoria? ¿cuales se pensará que irán más gallardamente al combate, aquellos que esperan mantener su libertad como galardón por sus penas, o los que no pueden esperar otra recompensa por los golpes que dan o que reciben que la servidumbre de los demás? Unos tienen siempre ante sus ojos la dicha de la vida pasada, la expectativa de semejante alivio en el futuro; no les recuerda tanto de este poco que aguantan, el tiempo que dura una batalla, como de lo que no les convendrá jamás aguantar, a ellos, a sus hijos y a toda la posteridad. Los otros no tienen nada que los anime sino una pequeña punta de codicia que se despunta de repente ante el peligro y que no puede ser tan ardiente que no deba, al parecer, extinguirse por la menor gota de sangre que salga de sus heridas. En las batallas tan famosas de Milcíades6, Leónidas7, Temístocles8, que han sido libradas hace dos mil años y que aún hoy están tan frescas en la memoria de los libros y de los hombres como si hubiera sido el otro día, que fueron libradas en Grecia por el bien de los griegos y para ejemplo de todo el mundo, ¿qué se piensa que dio a tan pocas personas, como eran los griegos, no el poder, sino el corazón para sostener la fuerza de naves con las que el mismo mar estaba cargado9, para derrotar a tantas naciones, que eran tan numerosas que el escuadrón de griegos no hubiera suministrado, si hubiera sido necesario, capitanes para los ejércitos enemigos, sino que parece que en esos gloriosos días no era tanto la batalla de los griegos contra los persas, como la victoria de la libertad sobre la dominación, de la franqueza sobre la codicia?

Es cosa extraña oir hablar de la valentía que la libertad pone en el corazón de los que la defienden; pero lo que pasa en todos los países, entre todos los hombres, todos los días, que un hombre maltrate a cien mil y los prive de su libertad, ¿quien lo creería, si solo lo oyera decir y no lo viera? y, si solo pasaba en países extranjeros y tierras lejanas, y como dicen, ¿quién no pensaría que es más bien fingido e imaginado que verídico? De nuevo este tirano solo, no hay necesidad de combatirlo, no hay necesidad de desbaratarlo, queda destrozado por sí mismo, mientras que el país no consienta a su servidumbre; no hace falta quitarle nada, sino no darle nada; no hay necesidad que el país se preocupe de hacer nada por sí, con tal que no haga nada en contra suya. Son pues los mismos pueblos los que se dejan o más bien se hacen maltratar, ya que al cesar de servir quedarían libres; es el pueblo el que se esclaviza, que se corta la garganta, que, teniendo la opción de ser siervos o ser libres, abandona la franqueza y toma el yugo, el que consiente a su mal, o más bien lo persigue. Si le costara algo por recobrar su libertad, no lo presionaría, aunque que es que el hombre debe considerar más deseado que volver a su derecho natural y, por modo de decir, de la bestia retornarse hombre; pero aun no le deseo una audacia tan grande; le permito que prefiera no sé cual garantía de vivir miserablemente que una dudosa esperanza de vivir a sus anchas. ¿Qué? ¿si para tener libertad solo hace falta desearla, si sólo es necesaria una mera intención, se encontrará nación en el mundo que la considere todavía demasiado cara, pudiendo ganarla con un solo deseo, y quién reclama a su voluntad por recobrar el bien que debería rescatar a costa de su sangre, y el cual perdido, todas las gentes de honor deben estimar la vida desagradable y la muerte saludable? Por cierto, como el fuego de una pequeña chispa se hace grande y siempre se refuerza, y cuanta más leña encuentra, más está pronta para arder, y, sin que se le ponga agua para extinguirla, solamente con no ponerle más leña, no teniendo más que consumir, se consume a sí mismo y acaba sin ninguna fuerza y ​tampoco fuego: del mismo modo los tiranos, cuanto más saquean, más exigen, cuanto más arruinan y destruyen, más uno les cede, cuanto más uno los sirve, tanto más se fortalecen y se hacen cada vez más fuertes y más frescos para aniquilar y destruir todo; y si uno no les cede nada, si no se los obedece, sin combatir, sin golpear, se quedan desnudos y destrozados y ya no son nada, sino que como la raíz, no teniendo más agua ni alimento, la rama se seca y se muere.

Los intrépidos, para adquirir el bien que exigen, no temen el peligro; los avisados no rehusan la pena: los pusilánimes y entorpecidos no saben ni aguantar el mal ni recobrar el bien; se paran en eso de desearlo, y la virtud de pretenderlo se la quita su pusilanimidad; el deseo de tenerlo les queda por naturaleza. Este deseo, esta voluntad es común a los sensatos y a los indiscretos, a los valientes y a los cobardes, para desear todas las cosas que, siendo adquiridas, los dejarían felices y contentos: una sola cosa hay que decir, en la que no sé como la naturaleza les falla a los hombres en desearla; es la libertad, que sin embargo es un bien tan grande y tan agradable, que si es perdida, todos los males vienen en fila, y los bienes aunque permanezcan después pierden completamente su gusto y sabor, corrompidos por la servidumbre: la única libertad, los hombres no la desean, no por otra razón, al parecer, sino que si la desearan, la tendrían, como si rehusaran hacer esta bonita adquisición, sólo porque es demasiado fácil.

¡Pobres y miserables pueblos insensatos, naciones obstinadas en vuestro mal y ciegas a vuestro bien, se dejan quitar ante ustedes lo más bello y más claro de vuestros ingresos, saquear vuestros campos, robar vuestras casas y despojarlas de muebles antiguos y paternales! Viven de modo que no pueden presumir que nada sea vuestro; y parecería que desde ahora les sería gran fortuna tener por arriendo vuestros bienes, vuestras familias y vuestras vidas; y todo este daño, esta desdicha, esta ruina, les viene, no de enemigos, pero por cierto sí del enemigo, y de aquel que hacen tan grande como es, por el cual van tan valerosamente a la guerra, por cuya grandeza no se rehusan a ofrecer vuestras personas a la muerte. Aquel que los domina tanto tiene sólo dos ojos, sólo dos manos, sólo un cuerpo, y no tiene otra cosa que cualquier hombre del gran e infinito número en nuestras ciudades, sino que la ventaja que ustedes le dan para destruirlos. ¿De dónde ha sacado tantos ojos, con los cuales los espía, si ustedes no se los ceden? ¿Cómo tiene tantas manos para golpearlos, si no las toma de ustedes? Los pies con los que pisotea vuestras ciudades, ¿de dónde los obtiene, si no son de ustedes? ¿Cómo tiene algún poder sobre ustedes, sino por medio de ustedes? ¿Cómo osaría a perseguirlos, si no tiene confabulación con ustedes? ¿Qué les podría hacer si no fueran encubridores del ladrón que los saquea, cómplices del asesino que los mata y traidores a ustedes mismos? Siembran vuestros frutos, a fin de que les haga daño; amueblan y llenan vuestras casas, a fin de suministrar a sus saqueos; alimentan a vuestras hijas a fin de que tenga de que saciar su lujuria; alimentan a vuestros niños, a fin de que, lo mejor que sabría hacerles, es que los dirija en sus guerras, los conduzca a la carnicería, los haga ministros de sus codicias y ejecutores de sus venganzas; rompen a las penas vuestras personas, para que él pueda acicalarse en sus deleites y regodearse en placeres inmundos y malvados; se debilitan a si mismos, a fin de hacerlo más fuerte y rígido para mantenerles más corta la rienda; y de tantas indignidades, que las propias bestias no las sentirían, o no las aguantarían, ustedes pueden librarse de esto, si lo intentan, no de librarse, sino sólo de querer hacerlo. Estén resueltos a no servir más, y de ahí serán libres. No quiero que lo empujen o lo sacudan, sino sólo que no lo sostengan más, y lo verán, como un gran coloso al que le han robado su base, por su proprio peso se derrumba y se rompe.

Pero ciertamente los médicos aconsejan bien en no poner la mano en heridas incurables, y no soy sagaz en querer predicar sobre esto a la gente que ha perdido, hace mucho tiempo, todo conocimiento, y del cual, ya que no siente más su dolor, eso muestra bastante que su enfermedad es mortal. Busquemos pues por conjetura, si podemos encontrarla, cómo ha quedado así tan arraigada esta pertinaz voluntad de servir, que ahora parece que el propio amor a la libertad no sea tan natural.

En primer lugar, es, como creo, indudable que, si viviéramos con los derechos que la naturaleza nos ha dado y con las enseñanzas que nos imparte, seríamos naturalmente obedientes a los padres, sujetos a la razón y siervos de nadie. De la obediencia que cada uno, sin otra advertencia que su naturaleza, tiene para su padre y madre, todos los hombres la han presenciado, cada uno por sí mismo; de la razón, si nace con nosotros, o no, que es una cuestión debatida a fondo por los académicos y tratada por toda la escuela de filósofos. A esta hora no pensaré fallar al decir esto, que hay en nuestra alma alguna semilla natural de razón, la cual, mantenida por buen consejo y costumbre, florece en virtud y, al contrario, a menudo no pudiendo durar contra los vicios sobrevenidos, sofocada, se aborta. Pero por cierto, si no hay nada claro ni aparente en la naturaleza y donde no esté permitido hacer de ciego, es que la naturaleza, la ministra de Dios, la institutriz de los hombres, nos ha hechos a todos de la misma forma, y, como parece, con el mismo molde, a fin de todos reconocernos como compañeros o más bien como hermanos; y si, repartiendo los dones que nos hacía, ha hecho alguna ventaja de su bien, ya sea en el cuerpo o en el espíritu, a unos más que a otros, sin embargo no tuvo la intención de ponernos en este mundo como en un campo cerrado, y no ha enviado aquí abajo a los más fuertes ni los más avisados, como bandoleros armados en un bosque, para allí engullir a los más débiles; pero más bien hay que creer que, haciéndoles así las partes a unos más grandes, a otros más pequeñas, ella quería dar cabida al afecto fraternal, a fin de que tuviera donde aplicarse, teniendo unos el poder de dar ayuda, los otros necesidad de recibirla. Puesto que esta buena madre nos ha dado a todos toda la tierra como morada, nos ha alojado a todos en la misma casa, nos ha figurado a todos usando el mismo patrón, para que cada uno se pudiera mirar y casi reconocer uno en el otro; si nos ha dado a todos este gran don de la voz y la palabra para que nos conozcamos y fraternicemos mejor, y para hacer, por la declaración común y mutua de nuestros pensamientos, una comunión de nuestras voluntades; y si ha tratado por todos los medios de apretar y atirantar con tanta fuerza el nudo de nuestra alianza y sociedad; si ha demostrado, en todas las cosas, que no quería tanto hacernos todos unidos como todos uno, no hay que dudar que no seamos naturalmente libres, ya que somos todos compañeros y no puede entrar en la comprensión de nadie que la naturaleza haya puesto a alguno en servidumbre, habiéndonos puesto a todos en compañía.

Pero, en verdad, no sirve de nada debatir si la libertad es natural, ya que no se puede mantener a alguien en servidumbre sin hacerle daño, y que no hay nada en el mundo tan contrario a la naturaleza, siendo todo razonable, como la injuria. Queda pues que la libertad es natural y por el mismo medio, en mi opinión, que no nacemos sólo en posesión de nuestra franqueza, sino también con afección de defenderla. Ahora, si por ventura tenemos alguna duda al respecto, y estamos tan bastardeados que no podemos reconocer nuestros bienes ni semejantemente nuestras afecciones innatas, hará falta que les haga el honor que les pertenece y que monte, a modo de decir, las bestias brutas en la cátedra, para enseñarles a ustedes vuestra naturaleza y condición. Las bestias, ¡me ayude Dios! si los hombres no se hacen demasiado los sordos, les gritan: ¡Viva la libertad! Hay muchas entre ellas que mueren tan pronto como son capturadas: así como el pez deja la vida tan pronto como deja el agua, igualmente aquellas dejan la luz y no quieren sobrevivir a su franqueza natural. Si los animales tuvieran alguna preeminencias entre ellos, harían de estos su nobleza. Los otros, desde los más grandes hasta los más pequeños, cuando uno los prende, hacen tan gran resistencia con garras, cuernos, picos y patas, que declaran lo suficiente cuanto valoran eso que ellos pierden; luego, al ser capturados, nos dan tantos signos aparentes del conocimiento que tienen de su desdicha, que es hermoso ver que desde entonces para ellos es más languidecer que vivir, y que continúan su vida más para lamentar su comodidad perdida que para complacerse en la servidumbre. ¿Qué otra cosa quiere decir el elefante que, habiéndose defendido hasta no poder más, no viendo más modo, estando a punto de ser capturado, hunde sus mandíbulas y rompe sus colmillos contra los árboles, sino el gran deseo que tiene de permanecer libre, tal como nació, lo hace con el espíritu e indicio de mercadear con los cazadores si, ¿por el precio de sus colmillos, quedará libre, y si le será admitido ceder su marfil y pagar este rescate por su libertad? Abastecemos al caballo desde el momento en que nace para amaestrarlo a servir; y si no sabemos como halagarlo tan bien que, cuando se trata de domarlo, no muerda el bocado, que no cocee contra la espuela, como (parece) para mostrar a la naturaleza y atestiguar al menos de ese modo que, si sirve, no es por su voluntad, sino por nuestra coerción. ¿Qué hay pues que decir?

Incluso los bueyes bajo el peso del yugo gimen, Y los pájaros en la jaula se quejan,

como dije una vez10, pasando el tiempo con nuestras rimas francesas; pues no temeré, escribiéndote, oh Longa11, en mezclar mis versos, de los cuales nunca te leo para que, por la apariencia que das de estar contento con eso, no me hagas demasiado orgulloso. Así que, puesto que todas las cosas que tienen sentimiento, desde cuando lo tienen, sienten el mal de la sumisión y corren tras la libertad; puesto que las bestias, que todavía son hechas para el servicio del hombre, no pueden acostumbrarse a servir sino con la protesta de un deseo contrario, ¿qué mal encuentro ha sido este que ha podido desnaturalizar tanto al hombre, nacido solo, en verdad, para vivir con franqueza, y hacerle perder el recuerdo de su primer ser y el deseo de recuperarlo?

Hay tres tipos de tiranos: unos tienen el reino por elección del pueblo, otros por la fuerza de las armas, otros por sucesión de su linaje. Los que lo han adquirido por derecho de guerra, se portan de tal modo que sabemos bien que están (como se dice) en tierra de conquista. Los que nacen reyes no son generalmente mucho mejores, ya que siendo nacidos y nutridos en el seno de la tiranía, sacan con la leche la naturaleza del tirano, y consideran a los pueblos que están bajo ellos como sus siervos hereditarios; y, según la complexión a la cual son más propensos, avaros o pródigos, tal como son, hacen del reino como hacen de su herencia. Aquel a quien el pueblo le ha dado el estado debería ser, me parece, más soportable, y lo sería, como creo, si no fuera que desde cuando se ve elevado por encima de los demás, halagado por un no sé que llamado grandeza, delibera de no moverse de allí; comúnmente este considera entregarle a sus niños el poder que el pueblo le ha cedido: y una vez que estos han tomado esta opinión, es cosa extraña cuánto sobrepasan a los otros tiranos en todo tipo de vicios e incluso en la crueldad, no viendo otro medio de asegurar la nueva tiranía que abrazar tan fuertemente la servidumbre, y enajenar tanto a sus súbditos de la libertad, que aunque el recuerdo esté fresco, se lo puedan hacer perder. Así, a decir verdad, veo bien que hay alguna diferencia entre ellos, pero de opción, no veo ninguna; y los medios de llegar a los reinados siendo diversos, siempre la manera de reinar es casi similar: los elegidos, como si hubieran tomado toros para domar, así los tratan; los conquistadores los hacen como de sus presas; los sucesores piensan en hacerlos tal como sus esclavos naturales.

[Será continuado]

Bibliografía

Bonnefon, Paul. Œuvres complètes d’Estienne de La Boétie, publiées avec notice biographique, variantes, notes et index par Paul Bonnefon, Bordeaux: G. Gounouilhou, Paris: J. Rouam & Cie., 1892.

Dictionnaire du Moyen Français (1330-1500). Analyse et Traitement Informatique de la Langue Française, versión del 31 de julio de 2019.

Goulart, Simon, editor. Mémoires de l'estat de France sous Charles IX, volumen III, segunda edición, 117-140. 1578.

La Boétie, Étienne de, Henri de Mesmes. Discours de la Servitude volontaire. Manuscrito hecho por de Mesmes, supuestamente del original en posesión de Michel de Montaigne.


  1. Ilíada, libro II, líneas 204-205. ↩︎

  2. Grupo de 30 oligarcas que gobernaron Atenas por unos ocho meses en el 404 a.e.c., al concluir la guerra del Peloponeso. ↩︎

  3. Héroe mitológico romano, equivalente del griego Heracles, famoso por su fuerza. ↩︎

  4. Último de los jueces de Israel, de acuerdo con el Tanaj hebreo y el Antiguo Testamento, famoso por su fuerza extraordinaria. ↩︎

  5. Aquí y en otras ocasiones en el ensayo, la palabra del francés medio "franchise" se ha traducido como "franqueza" en el sentido de "libertad" o "exención". La palabra "liberté" se ha traducido como "libertad". ↩︎

  6. General ateniense (550-488 a.e.c.), uno de los comandantes griegos en la batalla de Maratón (490 a.e.c.), en la cual derrotaron a los invasores persas del rey Darío I. ↩︎

  7. Rey y militar de Esparta (c. 540-480 a.e.c) que defendió, con 300 soldados espartanos, el estrecho paso de las Termópilas ante las fuerzas persas de Jerjes I, muriendo en el intento. ↩︎

  8. General ateniense (c. 525-460 a.e.c) que, además de participar en la batalla de Maratón, comandó la flota griega en la batalla de Salamina (480 a.e.c), consiguiendo derrotar a los persas de Jerjes I. ↩︎

  9. En la batalla de Salamina, de acuerdo con Herodoto, los persas tenían 1207 barcos y los griegos 378. ↩︎

  10. De acuerdo con Bonnefon, estos dos versos no han sido hallados entre las poesias de La Boétie. ↩︎

  11. Guillaume de Lur de Longa, predecesor de La Boétie en el cargo de consejero del Parlamento de Burdeos. ↩︎